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Lunes, 21 de noviembre de 2005

El cartero

Esta mañana he ido a correos, para recoger un paquete de mi hermano. El calendario marca 11 de abril, y curiosamente mi tiempo interno coincidía con el externo. Digo curiosamente, porque no es lo habitual en mí, pero de mis coincidencias temporales hablaré otro día.
Esta mañana de abril paseaba por la avenida, dirigiéndome a la oficina de correos, los árboles ya tienen brotes verdes, pero hay una queja generalizada, las autoridades este año no los han podado. Los árboles, ajenos a las obligaciones políticas, siguen floreciendo, debe ser porque no están inscritos en el censo electoral, y como los del censo pasan de ellos, pues los árboles pasan de los políticos, y a lo suyo, a florecer en abril, que para eso es primavera.


Mientras iba contando baldosas y fijándome en los árboles, debe ser que seguía andando, he llegado a la oficina de correos.
Allí, en el mostrador estaba Carlos, para algunos, simplemente una persona dicharachera, pero para mí es algo más.
Me he colocado la última en la cola de entregas, digo lo de la última para que todo el mundo sepa que yo estudié educación cívica, una asignatura curiosa y que además desvela mi edad.
Mientras esperaba, me fijaba en las personas que estaban delante de mí. Una mujer de mediana edad, acompañada por su hija. Las dos iban vestidas con la ropa del mercadillo, ropa humilde y con un diseño fashion, una ropa inconfundible, que delata su estatus social, y por si la ropa llevaba a confusión, cuando Carlos les ha preguntado amablemente, que querían, las dudas se han disipado:

- Vengo a mandar dinero a mi hijo, que está en esta cárcel, pero no sé escribir y a ver si usted me ayuda.
La hija, cogida hasta ese momento con fuerza del brazo de su madre, se ha soltado, a punto ha estado de caerse sobre sus zapatos de plataforma alta y sus pantalones campana.
Carlos, con la mejor de sus sonrisas, le ha dicho:
- Muéstreme la dirección, y verá como lo arreglamos para que su hijo esté contento.
La mujer iba a contestar, cuando Carlos ya le estaba rellenando los datos y le dice:
- Seguro que lleva una foto de su hijo en la cartera, enséñemela, seguro que es tan guapo como usted y como su hija
La hija, iba recuperando el color, poco a poco, y la madre rebuscaba con afán en la cartera y, cuando nuevamente iba a dar datos del hijo, Carlos le interrumpía:
- Hay unas playas preciosas en Santander, firme aquí.

Las otras personas se impacientaban, pero yo acompañaba a Carlos con una sonrisa de complicidad.
La mayoría de los presentes creen que Carlos trabaja de cartero, para cotizar en la seguridad social, pero él sabe, y yo también, que trabaja como provocador de sonrisas y cotiza en el mundo de las personas solas, en el que la dulzura y la comprensión, son una buena base reguladora para tener una jubilación plena.
Carlos atendía a todos, y al llegar mi turno, se cambió de zona para atenderme, y sin pedirme el DNI, me entregó el paquete de mi hermano.
- Hace buen tiempo, me dijo.
- Sí Carlos, hoy es una buena mañana de primavera, le respondí.

Al salir, en la avenida, llegué al paso de las dos mujeres, iban comentando lo ocurrido, y yo las adelanté, porque tenía que seguir contando las baldosas del suelo.


PD.-Por cierto, Carlos hablaba de las playas de Santander pensando en la cárcel de Santoña.
La primera vez que vi la playa y la cárcel asomándose en la roca, tuve un pensamiento curioso, pensé, si algún día tienes que estar preso mejor en una celda desde la que se vea el mar. Pero inmediatamente pensé lo contrario, ver el mar todos los días desde una reja, debe hacerte añorar más la libertad.

Quizá en el relato anterior, cambie de provincia, y hable de los trigales de la meseta. El problema es que los trigales de la meseta en primavera, ondean como un mar y, aunque parezca mentira, el paisaje sobrio, cala más lentamente, y cuando pasa el tiempo, la memoria (esa amiga tan extrañamente selectiva), recuerda paisajes que en un principio nos parecieron demasiado sobrios, a aquellos que estamos acostumbrados a las montañas, los pinos y el mar.

No creí nunca, que elegir una cárcel imaginaria, supusiera tanto quebradero de cabeza.

Que los dioses te sean propicios, Carlos

Por: María Luján López | General | Comentarios (2) | Referencias (2)

Comentarios

Pues un buen trabajador de Correos tu amigo... Y con mucha paciencia. Yo también soy cartera, y era simpática y dicharachera al principio. Ahora soy malvada.

Un saludo. Buen blog

Linkita | 27-11-2005 20:52:36

Quizás si hubiera más personas como Carlos fuesen necesarias menos cárceles. Es solamente un quizás.

guardafaro | 14-12-2005 04:06:03

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