Viernes, 30 de septiembre de 2005
El invierno pasado tuvimos, o mejor dicho, padecimos, cinco o seis olas de frío. En el mediterráneo, donde nos gusta el sol y la luz más que a los físicos hacer teorías, pues tanta ola de frío, y tanto recogimiento no sienta bien, bueno, tampoco quiero generalizar, a mí tanto recogimiento no me sienta bien.
En el invierno pasado yo estaba en estado sólido, ya sabéis, uno de los posibles estados de la materia. Pero, como dice el refrán “dios aprieta pero no ahoga”, es decir, el frío no consiguió congelarme del todo, y al llegar la primavera, un amigo-poeta me enseñó el camino para llegar a existir como ser líquido, y sinceramente lo de fluir me sienta bien.
Tras la primavera llega generalmente el verano, y digo generalmente porque, con lo del cambio climático, pues a veces no sabes en que estación del año estás.
En verano sinceramente no sé en que estado de la materia me encontraba, supongo que en estado superviviente, porque el calor, la humedad, las vacaciones –que llevan implícitas una intensa vida familiar- y alguna avería en el aire acondicionado, te convierten en un ser en estado indefinido, amorfo, casi me atrevería a decir estado ameba, porque con tanto calor, sólo suele quedar una neurona en funcionamiento y, generalmente, se utiliza para coordinar los desplazamientos, “la caló no da pa más”.
Debo confesar públicamente que me refugio del calor, básicamente, en la playa y en los centros comerciales, que además de tener infinidad de productos innecesarios, tienen aire acondicionado. Pues bien, un día de verano, en un centro comercial con aire acondicionado, comencé a tener una trasformación, pasé en unas horas de estado ameba a estado etéreo. Debo admitir que, mientras ocurría la trasformación, yo no era consciente de ello.
Me compré en rebajas un bolso color rosa-lila, un paraguas color lila-transparente, unos zapatos rosa-fresa, y un pañuelo bordado color rosa-blanco-mariposa. Mientras compraba complementos, todos ellos en la misma gama de colores, tendría que haberme dado cuenta que algo cambiaba, porque yo apenas he salido del azul a lo largo de mi vida. Azul claro, azul oscuro, azul marino, azul sin más. Vamos, que siempre he sido un poquito aburrida con los colores, mejor dicho con el color.
Esta mañana lloviznaba un poquito, y hacia una temperatura de septiembre, es decir, todavía huele a verano, pero el aroma de la lluvia nos recuerda el otoño. Esta mañana he salido a la calle, completamente llena de color, colores suaves, pasteles, difuminados, y la lluvia repiqueteaba en mi paraguas color malva, como una sinfonía. Esta mañana he dejado de ser líquida y me he convertido en etérea.
Cada inspiración de aroma de lluvia me hace volar, el silencio de la calle me transporta, la luz azul-plomiza me atraviesa, y tu mirada, siempre tu mirada, me hace tararear “La Feria de Scarborough”.
Hoy soy etérea y llevo el color de la lavanda y el aroma de la lluvia, y al ser tan liviana, apenas puedo sentirme retenida por nada, ni siquiera por tu mirada.
Intuyo un otoño creativo, disperso y diverso, y como diría Don Segismundo el inconsciente existe, porque sino ¿a santo de que me compré tanto complemento color malva este verano?
Alguna mal pensada dirá: sabías que la moda de este otoño era rosa, pero es falso, nunca he ido a la moda, entre otras cosas, porque mi talla IN-MENSA, no me lo permite, y después del estado ameba del verano, pues ya no tengo talla IN-MENSA, sino talla IN-IN-MENSA, talla que impide ir a la moda por mucho que una se empeñe.
Es posible que la explicación la pueda dar Don Segismundo, y puesto que mi estado real es bastante sólido, los complementos rosas me hacen pensar que soy etérea, aunque, aquí, entre nosotras, el pañuelo rosa-lila-mariposa, colocado estratégicamente, disimula de maravilla mi inmensa inmensidad.
Efecto óptico diría el físico, estilo diría el moderno, te sienta bien diría el amigo, y la amiga diría: ¿has engordado, verdad?, ante lo cual tú te preguntas: ¿por qué hay gente empeñada en preguntar lo obvio?, ¿será maldad’?, ¿será malicia?, o será envidia corrosiva ante tanta inmensidad convertida en una sonrisa violeta y un espíritu etéreo.
Sea como fuere, hoy soy feliz.
Suerte y que los dioses os sean propicios.
Por: María Luján López | General | Comentarios (2) | Referencias (0)
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