Martes, 13 de septiembre de 2005
El deseo se filtraba por los capilares de su alma y la dejaba sin aliento. No sabía que le producía más placer, si sus caricias, o la conciencia de su piel como frontera de sí misma. Aunque su piel hacía de límite con el exterior, también se dilataba y se extendía, parecía que sus poros eran como los granos de arena de un desierto. Un desierto interminable, lleno de dunas, de sombras, de suaves desniveles.
Su piel de arena se fundió en unas manos mojadas por todas las lluvias.
Entre dunas y desniveles, aprendía que el tiempo no se mueve en línea recta, sino que es circular. Que el triunfo se puede medir en los momentos de serenidad compartida a lo largo del día, que la vida, en fin, fluye con ternura.

Por: María Luján López | ARENA | Comentarios (0) | Referencias (0)
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