Lunes, 05 de septiembre de 2005
Tengo un amigo que, cuando era pequeño, le llamaban El Minuso, -minuso es sinónimo de gatito-. Le llamaban así porque, siendo un chaval, le daba por andar por los tejados, probablemente un indicio de sus futuras exploraciones como adulto.
El Minuso nació y se crió en la meseta. Como hay dos mesetas, os diré que pasó su infancia cerca de donde nació Pedro Almodóvar, y cerca de donde nació Sara Montiel -Antonia para los amigos-.
Llegado a la juventud le dio por ser cura -cosas de la meseta-, y se puso a estudiar para ser pastor de almas pero, como era muy inteligente, enseguida le cambiaron de seminario y le llevaron a estudiar a un lugar en el que se educaban los futuros lideres de la Iglesia Católica.
Los futuros lideres estudiaban latín y mucha ilustración alemana, será porque preveían el futuro de la Iglesia Católica, y si no piensen, el anterior jefe del Estado Vaticano era polaco, y su biografía estuvo muy marcada por las andanzas de los alemanes, y el actual jefe de Estado del Vaticano es alemán.
Retomamos, estos jóvenes estudiaban mucha filosofía alemana y mucho latín, y El Minuso, que filosaba mucho, y sabía mucho latín, descubrió la frase de “Primum vivere, deinde philosophari ”, que traducido es “primero vivir y luego filosofar. Pues eso, como también estudiaba teología y tenía, en consecuencia, algunas nociones sobre la vida en el paraíso, comenzó a pensar, pensar, pensar..... y llegó a una conclusión digna de un filósofo alemán: ”yo no puedo quedarme en un paraíso lleno de adanes y sin ninguna Eva”. Dicho y hecho dejo la filosofía y se dedicó a vivir.
En el seminario de líderes en el que estudiaba El Minuso tenía, como compañero de habitación, a un muchacho que optó por el paraíso sin Eva, y pasado el tiempo llegó a ser obispo.
Una tarde de enero, con un frío de enero, mi amigo El Minuso me invitó a una conferencia de su amigo el obispo, sobre Don Carlos Marx. Se veía venir, tanta ilustración........ Pues nada, dicho y hecho, un grupo reducido de amigos nos fuimos a un Instituto de Ciencias Empresariales, en el centro de la ciudad, a escuchar a un obispo disertar sobre Don Carlos. Por cierto, el Instituto en cuestión no es público, sino privado, o sea, hay que pagar unos dineritos para poder cursar estudios en dicho centro.
Llegados al local de la conferencia, nos sentamos en primera fila y, antes de sentarnos, tuvimos el privilegio de ser presentados al obispo como amigos de su amigo, y su antiguo compañero de habitación nos saludó como si nos conociéramos de toda la vida. Se le veía ya lo que da el ejercicio del poder: te presentan a alguien que no te importa un bledo, y sin embargo la sensación es de ser amigos de toda la vida.
Ya sentados con actitud respetuosa en la sala de conferencias, entró el director del centro y presentó al ilustre conferenciante. En ese momento, todos los presentes se levantaron de su silla y se pusieron de pie. El grupito de amigos selectos que íbamos con El Minuso hicimos lo mismo, y todos los asistentes hicieron la santísima señal de la cruz y se pusieron a rezar un Padre Nuestro, nosotros hicimos lo mismo, por aquello de donde fueres haz lo que vieres. Tras finalizar la oración, todo el mundo se sentó guardando un respetuoso silencio. El obispo inició su conferencia sobre “ Las Tesis sobre Feuerbach” y las grandes influencias de los británicos, los franceses y los alemanes en la obra de Don Carlos. Nos quedamos estupefactos. Realmente brillante. Mientras, El Minuso nos hacia gestos para indicarnos que merecía la pena asistir a la conferencia. Cuando acabó, yo, maravillada, me levanté y me puse a aplaudir, y el resto de la sala hizo lo mismo. Debo decir que lo hicieron con cara de perplejidad, pero la gente confunde mi simpleza con atrevimiento. Tras los aplausos, nuevamente un Padre Nuestro.
Cuando todo acabó el obispo nos saludó con más calidez, sobre todo a mí. Por mucho que uno haya renunciado a Eva, ver a una fémina entusiasmada con tus palabras y que, poniéndose en pie, arranque el aplauso de todo el auditorio, como que pone un poquito. Pues nada, nos fuimos a comentar la situación tomándonos un café, y la vida continuó llevando a cada uno por su camino.
El obispo ahora es arzobispo, y su conocimiento del alemán y de la cultura alemana creo que le deparan puestos mas altos.
Mi amigo El Minuso está operado de alguna que otra vértebra en la espalda, probablemente por lo que le decía su madre, que en paz descanse, ”eso te pasa por ir de cama en cama”.
Moraleja, cualquier paraíso tiene su precio. Ser arzobispo y poder llegar a ser cardenal te obliga a filosofar mucho y vivir poco; optar por un paraíso con muchas evas te obliga a operarte de alguna que otra vértebra aunque, respecto a esto, El Minuso cree que la culpa la tienen los fabricantes de colchones.
Pues eso, que mi amigo El Minuso es un hombre cultivado, poeta, y ahora, en la madurez, ha optado por ver la etiqueta del fabricante del colchón antes de invitar a su paraíso particular a una nueva Eva.
Por: María Luján López | General | Comentarios (0) | Referencias (0)
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