Lunes, 15 de agosto de 2005
Érase una vez un físico que imaginó lo imposible, imaginó un colapso gravitacional.
Pasó el tiempo, y unos matemáticos decidieron crear una teoría para demostrar lo imposible.
El tiempo, ajeno a los matemáticos y a los físicos, siguió transcurriendo, y un adolescente se convirtió en un hombre. Un hombre al que le gustaba mirar las estrellas. Pero este hombre no encontraba un instrumento adecuado para observar lo que no se puede ver.
Pasó el tiempo, y un astrónomo utilizaba un instrumento que le permitía observar el comportamiento inusual de algunas estrellas.
El físico, ya anciano, seguía imaginando.
Los matemáticos, ya hombres maduros, seguían pasando el tiempo.
El hombre, al que le gustaba ver las estrellas, seguía mirando el firmamento.
El astrónomo observaba el comportamiento errático de algunas estrellas.
Pasó el tiempo, y en un punto imaginario del espacio-tiempo, se encontraron todos.
¡Era cierto!. ¡Los agujeros negros existen!. ¡La singularidad es un fenómeno real!
Conclusión, es aconsejable imaginar lo imposible. Cuando se tiene paciencia, y se deja pasar el tiempo, siempre hay alguien dispuesto a aportar pruebas para medir cualquier singularidad.
Los dioses siempre son propicios para los que tienen paciencia e imaginan lo imposible.
Por: María Luján López | Galáctica | Comentarios (0) | Referencias (0)
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